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FALOPEROS DE MIERDA


Soy Psicóloga. Hace dieciseis años trabajo con problemáticas del consumo. Sí. Con pibes adictos que hacen contorsiones con alguna sustancia para tapar un dolor que no pueden vivir.
Ayer recayó Juan. Yo recaí con él. Lo último que le pregunté fue qué consumió. Los dos sabemos que eso es lo de menos.
La herida no cierra. Me volvió a hablar de mamá, papá, la novia que lo dejó, sus frustraciones y sus fracasos. Me dijo que era más fácil si se moría. Que no aguantaba más. Que cada vez que volvía a consumir, se daba cuenta de que no podía más ¿Con qué no podés más? Con la vida, no puedo. Con la vida.
Me pidió perdón. Perdoname pero no sé si me vaya a recuperar.
No quiere decepcionarme. Me dijo que no podía más. No quiero sentir más. Literal. Juan me dijo que no quería sentir más. Así. Como te lo digo.
Cada tanto, escucho por ahí que les dicen Faloperos de mierda y yo lo tengo a Juan acá al lado, con un corazón hecho pelota, diciendo que extraña a su papá que se murió hace veintitrés años. Que se mira en un espejo que le devuelve la imagen de un abandono imposible de sanar.
Yo me frustro junto con su propio dolor. Porque lo siento cuando respira y se agarra la cabeza y encima me pide perdón. Si vos te caés, yo me caigo con vos. Se lo digo siempre, mientras le pongo una mano en el hombro. Me mira. Me pide, sin decir, que lo salve. Yo lo pierdo a Juan y me muero. Y el otro le dice falopero de mierda. ¿Qué nos pasa, por favor?
Solo pido, como un deseo, más manos en los hombros de Juan. Con el mío, no le alcanza. Necesita amor. Compasión. Pero no hay. No quiere sentir la sangre corriendo por la herida otra vez. Y consume. Y se olvida por un rato. Rato que no le alcanza y entonces se vuelve a drogar otra vez. Tapa un dolor con una anestesia con fecha de vencimiento. Se va pero vuelve. Y cuando vuelve, todo está peor que antes. Porque encima de todo, recayó. Y se castiga. Y la culpa le pega en la cara. Y la soledad lo espera sin consuelo.
El martirio que vive y que le pega de coletazo a sus seres queridos, que de vez en cuando ya no lo quieren más, se le atraviesa en el medio del cuerpo como un hachazo que decide vivir como castigo merecido.
Este pibe no puede más. Quiso olvidar un dolor y se metió en un infierno que nunca imaginó.
No. No quiso ser adicto. Quería no sufrir más. Quería probar algo distinto. No arder en estas llamas que lo están ahogando sin consuelo ni piedad.
Y lo acusan. Y le piden. Y lo odian. Y lo señalan. Y lo juzgan. Y lo marginan. Y lo evitan. Y yo escucho cómo hay que matarlos a todos estos Faloperos de mierda. Los escucho. Él también. Entonces, morirse es un favor que piensa en hacerse a él mismo y a todos a los que su herida contagia.
¿Qué es esto? ¿Qué pasa?
Yo quiero pedir más manos en los hombros de Juan. Se va. Yo lo sé. Por favor. Que Juan puede ser tu hijo, tu hermano, tu amigo.
Dale. Pongamos las manos en los hombros de Juan.
Por favor. Se va a ir.
Amor.
Amor.
Lorena Pronsky



Tomado del libro "Rota se camina igual"
Lorena Pronsky

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